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La experiencia disociativa del yo: Un escape del sistema cartesiano


A lo largo de los años, la cultura se ha desarrollado bajo un esquema, que de alguna manera nos ha generado ideas que crean divisiones, como por ejemplo: lo bueno y lo malo, lo correcto e incorrecto, lo que sucede dentro y fuera de nosotros, o lo que soy y lo que no soy (el yo y la otredad).


Recuerdo que desde niño, a mí, a mis familiares, o a mis amigos, nos enseñaron siempre a valorarnos como individuos y nos inculcaron una serie de valores y creencias, que nos motivaban a buscar una forma de destacar sobre los otros; competir, sentirnos seguros de nosotros mismos y no dejar que los otros nos afectaran. De ahí que escucháramos desde nuestros inicios los términos AUTO-suficiencia, AUTO-estima, AUTO-valía, AUTO-aceptación. Y aún cuando se nos transmiten estas palabras con un matiz positivo, de fondo va cargado un mensaje que nos invita a pensarnos como un “YO” estable y seguro de sí; que no necesita de los demás; que tiene la capacidad para hacer las cosas por sí solo; como alguien que se puede dar valor a sí mismo, y dando un mensaje de desprecio a los otros de mi mismidad y a las otredades (personas, animales y mundo en general). Sin embargo, esta idea del “YO” me resulta difícil de sostener en un mundo donde “existir” es estar en movimiento, en constante cambio y en relación.


La idea del “YO”, resulta sólo una versión de eso que llamamos “realidad”. Otra versión sería tomar conciencia de que no somos unidades aisladas (como lo propone el esquema cartesiano) sino como mencioné anteriormente: una relación. Por lo que la idea de ¿Quién soy? resulta difícil de contestar, pues va acompañada de “alguien con quien soy-estoy”. Puedo ser alguien distinto según la persona con la que me encuentre, e incluso, depende de cómo nos sintamos según el momento. Por ejemplo, no soy el mismo con mi novia que con mi madre. No me comporto de la misma manera con todas las personas, ni en los diferentes contextos.


La idea que tengo sobre “mí” está en relación con la forma en que cada uno de ellos me ven, y vamos cambiando juntos a cada segundo. Sin embargo, por la forma en que hemos sido educados, la idea de un “YO” inestable y que está todo el tiempo cambiando, puede resultar mala y angustiante. Tanto que, podemos escuchar acerca de Trastornos Disociativos del “YO” como sucede con los catalogados esquizofrénicos. Éstos últimos son conocidos como personas que pueden experimentar disociaciones con ellos mismos y con el mundo; sentirse extraños de sus propios cuerpos y sumergirse en fantasías que parecen separarlos del mundo que todos aparentamos compartir.


Me detuve a reflexionar sobre estas experiencias, y me parecen que no son propias de alguien “enfermo”, sino que todos las hemos vivido alguna vez en nuestra vida con diferentes intensidades. Por ejemplo, si voy por la calle y me encuentro con un hombre que me resulte atractivo, seguramente disociaré esa parte de mí, (esa parte a la que le resultó atractivo este hombre) porque amenaza con mi constructo de “ser hombre”. También puede suceder que no me sienta atraído, pero sigue siendo “Otro diferente” que de alguna forma confronta mi idea del “YO” y del mundo.


Por ende, creo que las experiencias disociativas más que ser situaciones enfermizas y a evitar, son recordatorios de que mi “YO” no es tan “YO”. Que no estamos fijos y aislados. Pienso que deberíamos aprender de estas experiencias para repensarnos, y abrir nuestra consciencia a la posibilidad de relacionarnos con la angustia que nos puede generar la otredad, como un motor para generar nuevas y enriquecedoras oportunidades; reconocernos en relación y en constante movimiento en un mundo que cambia de manera exponencial, y donde la diversidad se hace cada vez más y más presente.


Quizá ahora, debamos cambiar las formas de educar, hacer conciencia de nuestra condición relacional, incierta y fluctuante; quizá solo así en un futuro podamos relacionarnos mejor con los “otros que somos” y con lo otro que nos rodea; quizá así, dejemos de nombrar a la otredad de diferentes formas encapsuladoras; quizá así, cese la violencia hacia las muchas posibilidades que soy en el encuentro con las infinitas posibilidades de ser-en-el-mundo.

La experiencia disociativa No es la enfermedad, sino más bien, Es la llave para reconocernos a nosotros mismos, a los otros y al mundo como movimientos. Así quizá, "existir" sea darme muchas veces la bienvenida y darles muchas veces la bienvenida a los otros y al mundo.

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​Última Actualización: 1 de junio 2020.

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